Hay algo que siempre me ha llamado la atención.
Nos pasamos semanas buscando el sofá perfecto, comparando maderas para el suelo o dudando entre un blanco cálido y uno neutro para pintar las paredes. Pensamos en cómo entra la luz, en los tejidos, en la distribución... porque sabemos que todas esas decisiones cambian la forma en la que vivimos una casa.
Sin embargo, cuando llega el momento de diseñar el jardín, parece que todo se simplifica.
Una piscina.
Rectangular.
Azul.
Y listo.
No tengo nada en contra de las piscinas rectangulares (de hecho, algunas de las más bonitas del mundo lo son), pero sí me sorprende que el elemento más protagonista de un espacio exterior siga tratándose, muchas veces, como si fuera un añadido de última hora.
Y creo que es justo al revés.
La piscina no debería ser el final del proyecto.
Debería ser uno de sus primeros dibujos.
La piscina no ocupa el jardín. Lo organiza.
Siempre digo que el salón es el corazón de una vivienda. Es el espacio que marca cómo nos movemos, dónde nos reunimos y hacia dónde se dirigen las miradas.
Con una piscina pasa exactamente lo mismo. No solo es un lugar donde refrescarse en verano. Es el elemento que organiza el exterior: condiciona las vistas desde el salón, la orientación de la terraza, las zonas de sombra, la vegetación e incluso cómo recorremos el jardín.
Por eso me cuesta entender que dediquemos tanto tiempo a elegir una lámpara y tan poco a pensar en el agua que vamos a contemplar todos los días del año.
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El verdadero material de una piscina no es el gresite.
Es el agua.
Esta es probablemente la idea más importante de todo el artículo. Cuando recordamos una piscina bonita, casi nunca pensamos en el revestimiento que llevaba.
Recordamos cómo brillaba el agua.
Cómo reflejaba el cielo.
Cómo parecía fundirse con el paisaje.
El gresite, el porcelánico o la piedra son simplemente herramientas.
Lo que realmente diseñamos es el agua y eso cambia completamente la manera de plantear una piscina.
El agua mediterránea
Tengo debilidad por este tipo de piscinas. No buscan impresionar. Buscan integrarse.Los fondos blancos, crema o arena consiguen un agua mucho más transparente, con ese turquesa suave que asociamos a las calas mediterráneas. La piscina deja de convertirse en una pieza aislada y empieza a formar parte de la arquitectura y del paisaje.
Me encanta cuando ocurre eso.
Cuando no sabes dónde termina la terraza y empieza el agua.
Cuando la piscina parece haber estado siempre allí.
El agua espejo
Pero también existe otra forma de entender una piscina. Los revestimientos grises, grafito o los gresites oscuros nacarados transforman el agua por completo. Aportan profundidad.
Los reflejos se vuelven mucho más intensos y el paisaje se multiplica sobre la superficie. En una arquitectura contemporánea me parecen una auténtica maravilla. No intentan parecer una playa. Crean una atmósfera completamente distinta.
Más serena.
Más elegante.
Las piscinas que desaparecen.
Si hay un tipo de piscina que siempre consigue detenerme es la desbordante. No porque sea más cara. Ni porque esté de moda. Sino porque hace algo muy inteligente: elimina el límite visual.
El agua parece continuar hasta el horizonte y la arquitectura gana una ligereza increíble.
Es una de esas decisiones que cambian la percepción de todo el espacio sin necesidad de añadir un solo elemento decorativo. Y eso, para mí, es buen diseño.
También el fondo puede diseñarse
Durante muchos años parecía que el interior de una piscina solo admitía una posibilidad. Todo azul. Todo igual. Pero hoy ya no.Existen revestimientos porcelánicos, mosaicos y composiciones que permiten jugar con los colores, las texturas e incluso con dibujos muy sutiles. No hablo de hacer una piscina extravagante. Hablo de entender que el fondo también forma parte del proyecto. Igual que elegimos una madera para un suelo o una piedra para una encimera.
Una piscina también se disfruta en invierno
Creo que este es el detalle que más olvidamos. Pensamos en la piscina para julio y agosto. Pero la realidad es que la vemos los doce meses del año.
Mientras desayunamos.
Mientras cocinamos.
Cuando llueve.
Cuando cae la tarde.
Cuando el jardín está completamente vacío.
Por eso una piscina bonita no es solo la que invita a bañarse. Es la que también invita a mirar.
Después de ver cientos de proyectos de arquitectura, revistas de diseño, pinterest.... cada vez estoy más convencida de una cosa. No existen piscinas bonitas por casualidad.
Existen proyectos donde alguien entendió que el agua también es un material de diseño. Que un fondo blanco cuenta una historia distinta a uno gris. Que una piscina desbordante cambia la forma de mirar el paisaje. Que el agua puede convertirse en el hilo conductor entre la arquitectura y la naturaleza.
Quizá por eso, cuando veo una piscina realmente especial, nunca pienso en el gresite. Pienso en cómo cambia la luz. En cómo refleja el cielo. En cómo transforma toda la casa.
Y entonces recuerdo una idea que, desde que empecé a escribir este artículo, no ha dejado de rondarme la cabeza:
El verdadero material de una piscina no es el gresite.
Es el agua.
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