Hay algo que siempre me ha llamado la atención.
Nos pasamos semanas buscando el sofá perfecto, comparando maderas para el suelo o dudando entre un blanco cálido y uno neutro para pintar las paredes. Pensamos en cómo entra la luz, en los tejidos, en la distribución... porque sabemos que todas esas decisiones cambian la forma en la que vivimos una casa.
Sin embargo, cuando llega el momento de diseñar el jardín, parece que todo se simplifica.
Una piscina.
Rectangular.
Azul.
Y listo.
No tengo nada en contra de las piscinas rectangulares (de hecho, algunas de las más bonitas del mundo lo son), pero sí me sorprende que el elemento más protagonista de un espacio exterior siga tratándose, muchas veces, como si fuera un añadido de última hora.
Y creo que es justo al revés.
La piscina no debería ser el final del proyecto.
Debería ser uno de sus primeros dibujos.
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