
Hay casas que veo y pienso: qué bien decoradas están. Y luego hay otras en las que me quedaría un rato largo, imaginando cómo sería desayunar allí un domingo, abrir las puertas al jardín y dejar que la sobremesa se alargue sin mirar el reloj.
Casa Vecchio, en las afueras de Buenos Aires, es de las segundas. Me parece una pasada de bonita. Tiene algo que no siempre se consigue en una reforma: se siente nueva para quienes la habitan, pero sigue teniendo memoria.
Era un chalet de los años setenta u ochenta que llevaba décadas sin una remodelación importante. Sus propietarios querían conservar el carácter de la casa por fuera y hacerla más cómoda y flexible por dentro. El interiorismo de Melazza Mobili parte de ahí: de entender lo que ya existía antes de añadir nada.












